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sábado, 27 de agosto de 2016

Algo sobre Caterva

por Héctor Iván González
                           (México)

Desde el detalle más superficial, el más evidente, hasta el más minucioso, la literatura argentina o literatura argenta, tiene una conexión entre sí. Uno puede ver que hay una serie de recurrencias perceptibles que forman un carácter en común. Se me ocurre pensar, incluso, en sus sellos editoriales: Adriana Hidalgo, Cuenco de plata, Ediciones de la Flor, Losada o Eterna Cadencia, donde veo en ellos un aire de familia. Se puede percibir la trascendencia o rasgos de identidad de obras fundamentales como Los siete locos (1929), de Roberto Arlt, o Caterva (1937), de Juan Filloy. Para empezar, porque Arlt es uno de los padres fundadores de una literatura de bajo fondo, de fieras o marginetas cuyos sueños de grandeza son infinitos e ilógicos. Si recordamos a Arlt: Erdosain, Ergueta, Haffner, Barsut, etcétera, son personajes postergados, “oportunistas a los que no se les ha dado la oportunidad”; seres que viven la vida en una eterna sobrevivencia. Desde luego, la historia de Erdosain se continúa en Los lanzallamas –obra que además se acompaña de un prólogo esclarecedor de Arlt. Así que podemos ver esa arista arltiana de continuación en muchas obras posteriores.
    Lo inquietante es lo poco que se conoce en México Los siete locos y Los lanzallamas, y cómo ha trascendido en obras que sí están muy presentes en nuestras referencias –la obra de Julio Cortázar sería un ejemplo evidente. Hemos leído a Cortázar sin que sintiésemos la necesidad de ver qué lo antecedía, qué había detrás.
    Entre los aciertos de la literatura argenta está ese carácter de “oculto” que a veces nos resulta tan atractivo. Hay algo de oculto en Juan Carlos Onetti, algo de oculto en Arlt y algo de oculto en Juan Filloy. En este diálogo tan enriquecedor, del mismo modo, la obra de Juan Filloy (1894-2000) es uno de los eslabones más fuertes. Poeta, narrador, palindromista y abogado, el cordobés Filloy es uno de los autores más lúdicos de la literatura de su país. Influida por el Nouveau roman, su obra tiene un caudal de propuestas que autores como Alfonso Reyes ponderaron de inmediato. Particularmente, Caterva, su novela mayor, nos muestra la apuesta por lograr una pieza vasta, ambiciosa, donde los personajes hormiguean a lo largo de sus casi 400 páginas. Poblada por una serie de linyeras o vagabundos en apariencia, la historia muestra la peripecia de un grupo de tipos que buscan revindicar sus derechos laborales; aunque en el inicio no haya visos de esto. “Longines” (como la marca de relojes suizos), “Viejo amor”, “Katanga”: personaje gay, “Dijunto”, “Aparicio” et al., a veces juntos, a veces por separados, van recorriendo la ciudad simultáneamente. Esto permite constatar la manera en que, con situaciones absurdas o realmente hilarantes, se van enriqueciendo las anécdotas.
    Debido al año de su publicación, Caterva se adelanta a la novela de estilo neo-barroco, ya que el narrador hace gala de una forma que trata de agotar el lenguaje y sus posibilidades gramaticales. Se puede percibir la manera en que los personajes rememoran a aquellos de Los siete locos o Los lanzallamas, sin embargo, en la cuestión del estilo, es bastante independiente. Hay una narrativa caudalosa, de frases que exhiben una seguridad narrativa equiparable a las mayores del siglo XX en Hispanoamérica. Desde luego, Caterva es el anuncio de las novelas llamadas “totales”, como Cien años de soledad, de García Márquez, Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, o Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, debido a esa ambición por verlo todo, abarcarlo todo, como si se hiciera por medio de un panóptico.
   El monólogo interior también hace acto de presencia para mostrarnos algunos rasgos de los personajes, sus temores, sus recuerdos o algún indicio de que la historia está afectándolos íntimamente. No hay forma de que el personaje se quede impávido frente a lo que está sucediendo, al contrario, esto lo provoca, lo marca y, a veces, lo perturba. También están los diálogos, los cuales desempeñan un rol trascendente, la lucidez, la agudeza o la ocurrencia, van conformando una parte central de toda la historia. La voz que emiten los personajes, los caracteriza mejor que cualquier acotación. Sabemos de la disparidad de “Longines”, quien es de una personalidad puntual frente a “Katanga”, que considera la puntualidad simplemente una forma de asegurar la perpetuación de las convenciones sociales.
     De la misma manera que Los siete locos, Caterva retrata al hombre angustiado en una Argentina que vive un fuerte desequilibrio político y social. Muestra la forma en que un policía puede arrestar, sin ningún prurito, a un grupo de desempleados teniendo como telón de fondo la situación que se padecía en aquella primera mitad del siglo XX. No obstante, ante el mayor control por parte del gobierno, los personajes de ambas novelas hacen gala de una imaginación exorbitante que los hace más libres ante esa creciente represión. En muchos sentidos anuncia al Club de la Serpiente que poblaba Rayuela o a los pichiciegos de la novela epónima de Fogwill. Tanto los conjurados de Arlt, que buscan establecer un gobierno militar con base en la administración de lenocinios, como el grupo de Filloy, que quería hacer triunfar su huelga, son grupos que anuncian la vocación gregaria que retrataron Cortázar, en París, y Fogwill, en las guerra de Malvinas. Es crucial leer Caterva para adentrarse en un autor que parece que publicó ayer mismo su obra maestra. 





jueves, 21 de abril de 2016

Literatura argentina: el relato triunfante

por Federico Guzmán Rubio 
                                (México)

Con justicia, el relato triunfante de la literatura argentina es el fantástico y experimental, con la figura de Borges situada en el centro de ese Aleph. Pero pocos escritores fueron tan conscientes de la arbitrariedad del canon como Borges, por más que esa palabra no estuviera de moda cuando él hablaba de inventar a sus precursores. Fue él quien se burlaba de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas al afirmar que sus ocho tomos eran “más extensa que la literatura argentina”, dejando en claro que la crítica, la historia literaria y la noción de literatura nacional son también y sobre todo pura invención. La frase “cuento fantástico argentino” se encuentra tan naturalizada que su enunciación sepulta otras lecturas: más extraño resultaría hablar de “barroco argentino”, de “novela social argentina”, de “intimismo argentino”, de “literatura del interior” o incluso de “costumbrismo porteño”. 
    Sin embargo, grandes autores se ajustarían mejor a estas clasificaciones que a la ya oficial. Basta leer a Mujica Lainez, por ejemplo, para sentirse seducido por su retablo textual, tan barroco como el de una recargada capilla novohispana. De “El matadero” de Echeverría y Amalia de José Marmol a El traductor de Benesdra y Vivir afuera de Fogwill, Argentina también ha ensayado explicarse a través de la literatura. Jorge Barón Biza escribió una obra maestra, El desierto y su semilla, en la que disecciona su cataclismo familiar, ajeno, al menos en apariencia, a la dictadura de Videla y a la crisis de 2001. Juan José Saer y Antonio di Benedetto nacieron en provincia, pero, a diferencia de Sarmiento y de Lugones, escribieron sobre “el interior” sin complejos. 
    Roberto Arlt y Marco Denevi se perdieron en Buenos Aires, una de las ciudades más literarias del mundo, sin la menor intención de resultar universales, sino con la desmedida ambición de ser auténticos porteños. Al concluir esta operación de desmontaje, queda la certeza de que sólo una literatura especialmente rica es proclive a desintegrarse, dinamitando las categorías comúnmente admitidas. No existe “la” literatura argentina porque ésta es demasiado rica como para caber en una sola explicación, en una sola historia, en un solo relato: el relato majestuoso de la literatura argentina es el de su inexistencia. 



jueves, 25 de febrero de 2016

Macedonio Fernández o la vigilia de los lectores por venir


por Carlos Pineda
               (México)

Si publicar todos los días es el requisito para ser escritor, Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) no lo era… pero charlante sí, gran conversador también. Para él, toda escritura debería quedar inédita, más aun, no debería ser siquiera escritura, si no oralidad. Sin embargo, su obra prosística es un digno reto para cualquier gran lector, ya que se debate constantemente entre el ensayo y el cuento; la disertación metafísica y el humor negro; el absurdo y una soberbia estructura lógica que soporta sus infinitas digresiones. 
   Con este panorama, podemos atrevernos a sintetizar en tres aspectos la esencia argumental de su escritura: la eliminación del yo a través de argumentaciones metafísicas (lo que implica la eliminación de la muerte); el desmoronamiento de las concepciones lógicas de la existencia y el “Humor Conceptual”, esto es, que “el desbaratamiento de todos los guardianes intelectivos en la mente del lector por la creencia en lo absurdo que ella obtiene por un momento, lo liberta definitivamente de su fe en la lógica”.
   Lo que Macedonio pretende es que el lector vislumbre un momento de irrealidad, de “flotación lógica”, donde la existencia sufra un cisma en sus fundamentos y logre así una ruptura radical con la razón. De ahí que los órdenes por donde transcurre el pensamiento se vean violentados, obligándonos a ser sujetos del hecho cómico gracias al choque de nuestro intelecto con lo absurdo. Hay renovación, cierto, pero no para volver al mismo estado de las cosas, sino para lograr que el individuo sea consciente de su insubstancialidad. 
   Aunque este autor argentino nos legó una topografía literaria constituida por libros inclasificables por su extrema experimentalidad y su trasfondo metafísico e iconoclasta, como No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de Recienvenido (1929) y Museo de la Novela de la Eterna (1967), ya para 1952, año de su muerte, el hombre de letras había sido suplantado por el mito literario; y como suele ocurrir en estas situaciones, se dejó de leer a Macedonio para idolatrar ciegamente a la figura romántica del escritor excéntrico. La obra macedoniana aún espera que la pléyade de escritores en ciernes, talleres, facultades y cantinas, dejen de hablar de él y por fin lo lean. 




martes, 29 de octubre de 2013

Décalogo del ensayista

Por Javier Perucho


I. El ensayo busca el consenso entre los lectores, para eso lo embruja con sus argumentos, experiencia e información. A pesar de esta intentona ideológica, su autor no renuncia a la amenidad de las formas narrativas. Del cuento adopta la voz personal; de la novela, el gran aliento; del drama, las formas del parlamento; del microrrelato, el horizonte cultural; del poema, la imagen; del cuento, la epifanía de su final. Lograrás la armonía de tu ensayística con una mezcla ponderada de estos ingredientes.



II. El ensayo exige una arquitectura interior ponderada y equilibrada entre sus partes (incipit, intercipit, excipit). Un ensayo es una narrativa donde se predica un objeto cierto, probable y verdadero para el sujeto de la escritura. Demostrar una tesis o desarrollar un tema al modo del libre albedrío empujarán tu única elección.



III. El ensayista se amamanta de su tradición, la historia literaria y los agrimensores del género que pretende cultivar. Su reto es el combate con los espejismos: internet, la gloria, el best seller…


IV. Como ensayista no esperes dinero, ni te ilusiones con la fama de los poetas o la ventura agradecida de los narradores. Te encontrarás mejor pagado y reconocido si tus colegas, amigos y lectores te consideran un creador.



V. Al pergeñar un ensayo inviertes en un proceso de larga duración; madurarlo demanda otro lapso; templarlo requiere del agua fría que discurre por la senda de una clepsidra. En el siguiente movimiento trata de exponerlo.



VI. Si se aferran al pasado o provienen del más furibundo tiempo contemporáneo, los temas que se desprendan de tales periodos habrás de hilvanarlos con la novedad de tu escritura.



VII. Si hay sangre derramada en tu entorno, caciquismo, hambre, valores derrengados, corrupción, fronteras oclusivas, no aprietes los ojos. ¿Escribirás sobre esas llagas sociales? El observatorio de tu escritura no excluye la inmersión social, pero no olvides que ésta suele ser causal de desavenencias estéticas, prórrogas o renuncias literarias finiquitadas.



VIII. Escucharás a la gente —tus conciudadanos— para registrar sus preocupaciones cuando hablen en la calle, arriba del autobús, cuando bajen las escaleras o mientras discuten en la banca del parque. En la oralidad también se localiza la materia prima de tu escritura, de la que pueden desgajarse los tópicos de tu predicado. Escuchar a los compatriotas redondeará tu marco ético, pues sus angustias acaso orienten tus inquisiciones literarias; al final, con ambas definirás tus valores estéticos y morales.



IX. Quizá del mercado, la fama o la rotonda del best seller puedas obtener dinero y satisfactores inmediatos, pero con ellos apenas conquistas una felicidad fugitiva, nunca la epifanía que demanda tu escritura.



X. Envidiarás el éxito del escritor vecino, pero no te permitirás tenderle una zancada. Ódialo, pero compensarás la carencia con disciplina y cuartillas compurgadas durante la mañana, de tarde a tarde o mientras avanza la noche. Recuerda: el tiempo es el único recurso no renovable de un escritor.



Coda: La resignación a los fervores del mandamiento no fomenta tu alternativa al desacato.

El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias

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Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Num 16