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martes, 21 de julio de 2020

Sprezzatura en César Aira


por Luis Bugarini
       (México)

La costumbre del escritor argentino César Aira (Coronel Pringles, 1949) de publicar sus textos por separado –esto es: si escribe cuatro relatos publica el mismo número de libros y no una reunión de ellos, como es la práctica–, le ha generado cierto renombre de autor profuso aunque desguanzado. Sus libros ofrecen varias felicidades, entre otras: (i) ser breves, una virtud cada vez más apreciada debido a los tiempos de urgencias y ligereza que vivimos; (ii) relatan historias que se complejizan según avanza la trama, hasta derivar en un artefacto verbal indistinguible de cualquier situación onírica con visos de realidad, mismo que no ofrece una salida clásica –eso que la crítica más triste denomina el “redondeo” de la historia–; (iii) pasan de largo ante el exotismo tropical y la capitalización política del drama latinoamericano.
   Toda su narrativa puede leerse como un ejercicio de episodios sueltos sin intención de embonar o, menos aun, transmitir una historia gratificante al lector. Aira forma parte de esa vertiente de la actual literatura argentina y latinoamericana que no se detiene a meditar los problemas políticos, para concentrarse en fabular utilizando un lenguaje distante de la ampulosidad y la “construcción de una identidad” a través de serpentinas gramaticales. No es difícil cerrar cualquiera de sus libros y sentir que hemos sido estafados, que ese libro contiene todo menos literatura, que se amplió el abismo entre la persecución de una idea compartida del arte y las acciones específicas que la procuran. Esto no es casual. El arte contemporáneo igualmente es un ejercicio libérrimo de solipsismo. Cualquier pieza de Damien Hirst o Tracey Emin, por ejemplo, nos ayudarían a probarlo. El escritor argentino se inscribe en esta escuela de la radicalidad, no obstante que sus efectos pasan desapercibidos para el ojo sin entrenamiento. Sus libros admiten una lectura “ingenua” y otra más analítica, la cual intuye que las junturas que la unen esconden algunos secretos.
   La sprezzatura, por su parte, es un término acuñado en el siglo XV, era del disimulo y la habladuría exquisita de salón. Implica una actitud próxima a ese descaro propio del cortesano que disimula cualquier sentimiento con garbo. Significa llorar sin que salga una lágrima, colgarse sin soga o tirarse desde un puente a un río sin agua. El practicante de este disimulado arte impide que el sentimiento brote a flor de piel. Esto deriva de que en la corte no debían apreciarse las flaquezas, ni aun aquéllas derivadas de la apreciación justa del arte más alto y sus vericuetos. El oficio literario, ejercido en su condición más alta, es una impostura. Para escribir se utilizan las máscaras que resulten necesarias para saltar de una situación a otra. El multiperspectivismo de la narrativa no se logra compenetrándose con los personajes que pueblan una novela, sino erigiendo una frontera de cristal para darles vida mirándolos a la distancia. Mismo caso de la poesía posmoderna, no obstante las ideas románticas insufladas a la lírica añeja.
   Aira ha tomado para sí la tarea de manufacturar objetos verbales con la distancia más remota posible. La cercanía entre el libro y el autor que se leen en Roberto Artl (Buenos Aires, 1900-1942), Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927-Buenos Aires 1977) o el propio Fogwill (Buenos Aires 1941-2010), desaparece en sus libros y esto los dota de una autonomía que les hace perder “un sello distintivo”. Su narrativa se lee como si fuese escrita con guantes. Es el crimen perfecto, imposible de rastrear por una unidad especializada de peritos. Sólo después del trato frecuente con sus libros destella –utilizo el término más apropiado– alguna cualidad compartida. Un fenómeno que sucede en libros como Un episodio en la vida del pintor viajero (2000) o Las aventuras de Barbaverde (2008). Parménides (2006), por ejemplo, podría haber sido escrito por cualquier biógrafo del filósofo griego. La mímesis con lenguajes que no son propiamente literarios sino informativos, acentúan la feliz engañifa de quien puede absorber las cualidades de un lenguaje específico e importarlo hacia otra geografía.
    Esta elección es una forma extemporánea de radicalidad aunque no se lea desfasada. Aira está lejos de ser un vanguardista ya que no le interesa serlo. Proponerse la diferencia obliga al énfasis y la voltereta, el vuelo de la espiral y el uso de silbatos estridentes. El autor argentino es un discreto. Además: entrega libros a las editoriales trasnacionales y, al mismo tiempo, a la pequeña aventura editorial que se fundó tres días atrás. Es una obra aún dispersa por toda América Latina, por lo que urge una reunión de novelas para leerlo de cuerpo entero. Es una carrera literaria que lo mismo ofrece una historia para recordar que un misterio para descubrir. Y más: todo escrito con un lenguaje sobrio que nos retira la tentación de utilizar aquellos colores grandilocuentes de ese trópico mítico que aún Europa busca en los autores latinoamericanos. Dejar atrás a Gabriel García Márquez no es tarea sencilla –porque tiene que suceder: es la rueda del tiempo–, pero se logra paso a paso.
   Así que el mundillo literario se asemeja a una corte palaciega de intereses cruzados, en donde el pueblo es el Lector, tan lejos de aquello que le darán a leer, y los demás cortesanos son los escritores, editores y periodistas. Todos al servicio de un objeto: el libro. Para sobrevivir en ese entorno se requiere un rostro impasible ante el fracaso y la sonrisa más amplia para los días ocasionales de sol. Sprezzatura para abrirse paso y también para encarar la falta de imaginación. Acaso el lector no lo detecte. 




"Aquí no pasa nada"
 Osiris Puerto 2011.



Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8B Otoño 2014.




Ser humano



"Ser humano, ser conciencia e intuición. No ser nadie, ser uno mismo nada más"
Pintura al óleo de Javier González Galindo 2014.


Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8B Otoño 2014.





domingo, 19 de julio de 2020

El que espera


por Martín Gardella
               (Argentina)

Tras largos meses de expectativa, noté el centelleo de una botella entre la espuma. Un papel amarillento, perfectamente enroscado en su interior, me traía sus noticias. Decía que le gustaban mis cartas, que deseaba conocerme y que también estaba enamorándose de mí.
   Sentí el impulso de echarme a nadar, abandonar aquella isla aburrida definitivamente. Sería capaz de cruzar el océano para ir a buscarla, sin importar la distancia a la que estuviera la otra orilla. Sin embargo, una línea inesperada al final del mensaje complicó todos mis planes. Allí, en odiosas letras claras y bien definidas, distinguí mi propia firma. 




viernes, 17 de julio de 2020

La interpretación de mis sueños perdidos




"La interpretación de mis sueños perdidos"
Pintura al óleo de Javier González Galindo 2014.


Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8B Otoño 2014.





jueves, 16 de julio de 2020

Minificciones


Confesión
Pablo Brescia
    (Argentina)

Cansado de tanto andar y preguntar, decepcionado ante la falta de curiosidad de sus congéneres, agobiado por el peso de la moral y de las virtudes, asqueado de la corrupción, de la miseria y de sí mismo, se dejó llevar a la celda. Allí aprovechó para desdecirse de todo lo anterior. Incrédulos, sus amigos lo miraron buscando alivio. “Les dije que sólo sabía que no sabía”, aclaró él, orgulloso de la coherencia de ese pensamiento. Entre todos le abrieron la boca y lo obligaron a tragar la cicuta. La otra historia es harto conocida. 


Nostalgia
Caro Fernández
       (Argentina)

Sé que mi madre jamás olvidará el horror de verme saltar del puente. Pero desde ese día, soy su valiente pichón favorito. 


Precisión
Alejandra Adi
     (Argentina)

Los disparos sonaron como si hubiese escrito “Fin” con su antigua Olivetti. La mató como un gran hijo de puta y como un perfecto dactilógrafo. 


Buenos vecinos
Débora Benacot
        (Argentina)

La del departamento de abajo viene a reclamar por ruidos molestos. Es que tengo dos niños pequeños e inquietos que están en la edad de descubrir todo, de andar por la casa moviendo muebles, tropezando, tirando juguetes al piso, mis angelitos. Entiendo su queja, señora, pero qué pretende, ¿que vuelen? Después de prometerle que haremos lo imposible por disminuir el bochinche, la vecina se retira. Miro a mis hijos y les digo que para no tener más problemas con la señora del 4to A, siempre y cuando las cortinas estén cerradas, y sobre todo en horas de la siesta, haremos una excepción y podrán usar sus alitas. 


Violencia de género
Juan Manuel Montes
               (Argentina)

Un hijo en Liliput cansado de la comida desabrida e insulsa que su madre le daba, la pateó con todas sus fuerzas. Ella cerró los ojos al recibir el dolor pero no supo cómo reaccionar, jamás le había devuelto el golpe a su hijo, y además no sabía cómo hacerlo. Él, al sentir la impasibilidad de ella y ya víctima de la cólera, la pateó nuevamente, esta vez a la altura de los riñones. Ella respiró profundo e intentó calmarse, luego comenzó a cantar despacio. Él, también se calmó, se acomodó dentro del útero y se quedó dormido




domingo, 15 de abril de 2018

Pájaros ciegos (fragmento)

por Hernán A. Isnardi
                  (Argentina)

15 de abril
Estaba la noche. Nosotros, como un punto ínfimo, y nosotros como un presagio, juntos. Nosotros, en algún lugar del tiempo, en algún punto de ninguna parte. Vos y yo como un presagio. Pero no necesitábamos la luz, porque éramos la noche.


15 de abril
Cuando alguien muere viejo, muere sobre lo que fue, sobre la espada de recuerdos. Debí haberme matado a los veinticinco años, cuando tenía todo por ser. Hoy me recordarían joven y hablarían  de lo que habría podido ser, pero como si hubiera sido.


15 de abril
Estás sentada en el umbral equivocado. Tenés pies de nena. La nariz perfecta. Una cara mezcla de sol que madruga y humedad. Los ojos en el vacío y el deseo cruzando. Atravesado.
     Siempre hay un puente. Siempre hay un barco.
     Tu cara inventa en mí la felicidad.


15 de abril
Soy un hombre
que está perdido
en el fondo de una mujer
que está perdida
en el fondo de mí.


15 de abril
Me habías preguntado por el amor, si era posible; y yo sin sber en qué destino estaba entrando te dije que sí, que era natural, y sobre todo que el tiempo lo hacía posible. Claro, dijiste mirando cualquier cosa que no estaba en el mismo lugar que nosotros, amamos porque no hay tiempo. Y volviendo los ojos al mundo sonreíste con una lágrima azul, como cuando llueve y hay sol.


15 de abril
Estoy sobre la sangre aguada que endurece las sombras cuando pienso tu mano en mí. Muero tus manos de piano en el pecho de la soledad. Porque traías la soledad con vos, como yunques.


15 de abril
Dar sentido a una experiencia que nos supera; caminar sobre el agua como un Cristo sin tiempo. Eso es buscarte hoy, donde el tiempo yace roto, girando una y otra vez sobre el mismo día. Es morir sobre un río congelado y caer por la pendiente sin poder enterrar los remos en el agua, que ya no es agua; caer de espaldas hacia el cielo. Morir de frío.




"Colibrí"
Dibujo a tinta de Ricardo Lancaster - Jones 2014.



Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8B Otoño 2014.




sábado, 27 de agosto de 2016

Algo sobre Caterva

por Héctor Iván González
                           (México)

Desde el detalle más superficial, el más evidente, hasta el más minucioso, la literatura argentina o literatura argenta, tiene una conexión entre sí. Uno puede ver que hay una serie de recurrencias perceptibles que forman un carácter en común. Se me ocurre pensar, incluso, en sus sellos editoriales: Adriana Hidalgo, Cuenco de plata, Ediciones de la Flor, Losada o Eterna Cadencia, donde veo en ellos un aire de familia. Se puede percibir la trascendencia o rasgos de identidad de obras fundamentales como Los siete locos (1929), de Roberto Arlt, o Caterva (1937), de Juan Filloy. Para empezar, porque Arlt es uno de los padres fundadores de una literatura de bajo fondo, de fieras o marginetas cuyos sueños de grandeza son infinitos e ilógicos. Si recordamos a Arlt: Erdosain, Ergueta, Haffner, Barsut, etcétera, son personajes postergados, “oportunistas a los que no se les ha dado la oportunidad”; seres que viven la vida en una eterna sobrevivencia. Desde luego, la historia de Erdosain se continúa en Los lanzallamas –obra que además se acompaña de un prólogo esclarecedor de Arlt. Así que podemos ver esa arista arltiana de continuación en muchas obras posteriores.
    Lo inquietante es lo poco que se conoce en México Los siete locos y Los lanzallamas, y cómo ha trascendido en obras que sí están muy presentes en nuestras referencias –la obra de Julio Cortázar sería un ejemplo evidente. Hemos leído a Cortázar sin que sintiésemos la necesidad de ver qué lo antecedía, qué había detrás.
    Entre los aciertos de la literatura argenta está ese carácter de “oculto” que a veces nos resulta tan atractivo. Hay algo de oculto en Juan Carlos Onetti, algo de oculto en Arlt y algo de oculto en Juan Filloy. En este diálogo tan enriquecedor, del mismo modo, la obra de Juan Filloy (1894-2000) es uno de los eslabones más fuertes. Poeta, narrador, palindromista y abogado, el cordobés Filloy es uno de los autores más lúdicos de la literatura de su país. Influida por el Nouveau roman, su obra tiene un caudal de propuestas que autores como Alfonso Reyes ponderaron de inmediato. Particularmente, Caterva, su novela mayor, nos muestra la apuesta por lograr una pieza vasta, ambiciosa, donde los personajes hormiguean a lo largo de sus casi 400 páginas. Poblada por una serie de linyeras o vagabundos en apariencia, la historia muestra la peripecia de un grupo de tipos que buscan revindicar sus derechos laborales; aunque en el inicio no haya visos de esto. “Longines” (como la marca de relojes suizos), “Viejo amor”, “Katanga”: personaje gay, “Dijunto”, “Aparicio” et al., a veces juntos, a veces por separados, van recorriendo la ciudad simultáneamente. Esto permite constatar la manera en que, con situaciones absurdas o realmente hilarantes, se van enriqueciendo las anécdotas.
    Debido al año de su publicación, Caterva se adelanta a la novela de estilo neo-barroco, ya que el narrador hace gala de una forma que trata de agotar el lenguaje y sus posibilidades gramaticales. Se puede percibir la manera en que los personajes rememoran a aquellos de Los siete locos o Los lanzallamas, sin embargo, en la cuestión del estilo, es bastante independiente. Hay una narrativa caudalosa, de frases que exhiben una seguridad narrativa equiparable a las mayores del siglo XX en Hispanoamérica. Desde luego, Caterva es el anuncio de las novelas llamadas “totales”, como Cien años de soledad, de García Márquez, Gran Sertón: Veredas, de João Guimarães Rosa, Conversación en la Catedral, de Vargas Llosa, o Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, de Daniel Sada, debido a esa ambición por verlo todo, abarcarlo todo, como si se hiciera por medio de un panóptico.
   El monólogo interior también hace acto de presencia para mostrarnos algunos rasgos de los personajes, sus temores, sus recuerdos o algún indicio de que la historia está afectándolos íntimamente. No hay forma de que el personaje se quede impávido frente a lo que está sucediendo, al contrario, esto lo provoca, lo marca y, a veces, lo perturba. También están los diálogos, los cuales desempeñan un rol trascendente, la lucidez, la agudeza o la ocurrencia, van conformando una parte central de toda la historia. La voz que emiten los personajes, los caracteriza mejor que cualquier acotación. Sabemos de la disparidad de “Longines”, quien es de una personalidad puntual frente a “Katanga”, que considera la puntualidad simplemente una forma de asegurar la perpetuación de las convenciones sociales.
     De la misma manera que Los siete locos, Caterva retrata al hombre angustiado en una Argentina que vive un fuerte desequilibrio político y social. Muestra la forma en que un policía puede arrestar, sin ningún prurito, a un grupo de desempleados teniendo como telón de fondo la situación que se padecía en aquella primera mitad del siglo XX. No obstante, ante el mayor control por parte del gobierno, los personajes de ambas novelas hacen gala de una imaginación exorbitante que los hace más libres ante esa creciente represión. En muchos sentidos anuncia al Club de la Serpiente que poblaba Rayuela o a los pichiciegos de la novela epónima de Fogwill. Tanto los conjurados de Arlt, que buscan establecer un gobierno militar con base en la administración de lenocinios, como el grupo de Filloy, que quería hacer triunfar su huelga, son grupos que anuncian la vocación gregaria que retrataron Cortázar, en París, y Fogwill, en las guerra de Malvinas. Es crucial leer Caterva para adentrarse en un autor que parece que publicó ayer mismo su obra maestra. 





jueves, 21 de abril de 2016

Literatura argentina: el relato triunfante

por Federico Guzmán Rubio 
                                (México)

Con justicia, el relato triunfante de la literatura argentina es el fantástico y experimental, con la figura de Borges situada en el centro de ese Aleph. Pero pocos escritores fueron tan conscientes de la arbitrariedad del canon como Borges, por más que esa palabra no estuviera de moda cuando él hablaba de inventar a sus precursores. Fue él quien se burlaba de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas al afirmar que sus ocho tomos eran “más extensa que la literatura argentina”, dejando en claro que la crítica, la historia literaria y la noción de literatura nacional son también y sobre todo pura invención. La frase “cuento fantástico argentino” se encuentra tan naturalizada que su enunciación sepulta otras lecturas: más extraño resultaría hablar de “barroco argentino”, de “novela social argentina”, de “intimismo argentino”, de “literatura del interior” o incluso de “costumbrismo porteño”. 
    Sin embargo, grandes autores se ajustarían mejor a estas clasificaciones que a la ya oficial. Basta leer a Mujica Lainez, por ejemplo, para sentirse seducido por su retablo textual, tan barroco como el de una recargada capilla novohispana. De “El matadero” de Echeverría y Amalia de José Marmol a El traductor de Benesdra y Vivir afuera de Fogwill, Argentina también ha ensayado explicarse a través de la literatura. Jorge Barón Biza escribió una obra maestra, El desierto y su semilla, en la que disecciona su cataclismo familiar, ajeno, al menos en apariencia, a la dictadura de Videla y a la crisis de 2001. Juan José Saer y Antonio di Benedetto nacieron en provincia, pero, a diferencia de Sarmiento y de Lugones, escribieron sobre “el interior” sin complejos. 
    Roberto Arlt y Marco Denevi se perdieron en Buenos Aires, una de las ciudades más literarias del mundo, sin la menor intención de resultar universales, sino con la desmedida ambición de ser auténticos porteños. Al concluir esta operación de desmontaje, queda la certeza de que sólo una literatura especialmente rica es proclive a desintegrarse, dinamitando las categorías comúnmente admitidas. No existe “la” literatura argentina porque ésta es demasiado rica como para caber en una sola explicación, en una sola historia, en un solo relato: el relato majestuoso de la literatura argentina es el de su inexistencia. 



lunes, 14 de marzo de 2016

martes, 1 de marzo de 2016

Retrato de mujer con dragón

por Patricia Nasello
              (Argentina)

Según dicen, fue él quien destruyó los cultivos. Ella cree lo que dicen y estima, por lo tanto, que urge detenerlo. Se protege con una cota de malla que alguien le acerca y toma la lanza que perteneciera a su padre. Lo encuentra solo, vistiendo harapos, rodeado por la ceniza que su locura incendiaria ha provocado (siglos después, el pintor evocará la escena retratando a una guerrera que, lanza en ristre, observa a un dragón como si con su sola presencia pudiese dominarlo; los versos del poeta, en cambio, hablarán de sus dudas, de su íntimo deseo de haber perdido la huella o disuadir por la palabra). Parece haber adelgazado en los últimos meses y la mira con aquella vieja furia de él, tan vieja que olvidó su origen. Con furia y, justo es reconocerlo, con el mismo amor de siempre. La ponzoña del desconsuelo apura la mano. Por unos momentos él permanece de pie, dos lagos quietos los ojos, sin darse cuenta que ha muerto. Algo habrá leído ella en el espejo de esos ojos y algo de barco que se hunde ocurre luego porque siente que naufraga dentro de sí misma y el cuerpo del hombre, sobre la tierra calcinada, se diría un madero flotando a la deriva. Sol y lluvias mediante, el pueblo siembra y cosecha el algodón con el cual comenzará a bordarse la leyenda.



jueves, 25 de febrero de 2016

Macedonio Fernández o la vigilia de los lectores por venir


por Carlos Pineda
               (México)

Si publicar todos los días es el requisito para ser escritor, Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) no lo era… pero charlante sí, gran conversador también. Para él, toda escritura debería quedar inédita, más aun, no debería ser siquiera escritura, si no oralidad. Sin embargo, su obra prosística es un digno reto para cualquier gran lector, ya que se debate constantemente entre el ensayo y el cuento; la disertación metafísica y el humor negro; el absurdo y una soberbia estructura lógica que soporta sus infinitas digresiones. 
   Con este panorama, podemos atrevernos a sintetizar en tres aspectos la esencia argumental de su escritura: la eliminación del yo a través de argumentaciones metafísicas (lo que implica la eliminación de la muerte); el desmoronamiento de las concepciones lógicas de la existencia y el “Humor Conceptual”, esto es, que “el desbaratamiento de todos los guardianes intelectivos en la mente del lector por la creencia en lo absurdo que ella obtiene por un momento, lo liberta definitivamente de su fe en la lógica”.
   Lo que Macedonio pretende es que el lector vislumbre un momento de irrealidad, de “flotación lógica”, donde la existencia sufra un cisma en sus fundamentos y logre así una ruptura radical con la razón. De ahí que los órdenes por donde transcurre el pensamiento se vean violentados, obligándonos a ser sujetos del hecho cómico gracias al choque de nuestro intelecto con lo absurdo. Hay renovación, cierto, pero no para volver al mismo estado de las cosas, sino para lograr que el individuo sea consciente de su insubstancialidad. 
   Aunque este autor argentino nos legó una topografía literaria constituida por libros inclasificables por su extrema experimentalidad y su trasfondo metafísico e iconoclasta, como No toda es vigilia la de los ojos abiertos (1928), Papeles de Recienvenido (1929) y Museo de la Novela de la Eterna (1967), ya para 1952, año de su muerte, el hombre de letras había sido suplantado por el mito literario; y como suele ocurrir en estas situaciones, se dejó de leer a Macedonio para idolatrar ciegamente a la figura romántica del escritor excéntrico. La obra macedoniana aún espera que la pléyade de escritores en ciernes, talleres, facultades y cantinas, dejen de hablar de él y por fin lo lean. 




Desmaterialización



Desmaterialización 
Dibujo a tinta de Ricardo Lancaster - Jones 2013.



Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8A Otoño 2014.



martes, 16 de febrero de 2016

Tiempo de noche [fragmento]

por Marina Porcelli
              (Argentina)

Sabe qué pasa, que el tiempo y el espacio se comportan de un modo extraño. Mire a esa chica, por ejemplo. La que está junto a la ventana. Mientras usted se toma con naturalidad el café, y le resultan nuevos, digamos, el chaleco con flores del mozo, o su cara de amargado, ella ya se ha muerto varias veces. No abra así los ojos, quiere, no estoy loco. Es un asunto meramente matemático, no un lío de fantasmas. Altas matemáticas, diría yo. ¿Usted estuvo harto alguna vez? ¿Harto de verdad, digo, harto de un modo bestial? Porque si alguna vez se sintió así, puede entender lo que quiero contarle. Una historia de amor, pero al revés. ¿No buscaba historias? Mire que el cuento viene largo, y si ya desde el vamos empieza a cuestionarme, ¿dónde me dijo que trabaja? Un periódico barrial, ajá. Está bien eso de escribir sobre la gente común, aunque a mí no me engaña, eh, con esa cara de desvelado, usted debe ser como nosotros. Todos los que vivimos de noche estamos hartos. Nos aturde la luz. Rechazamos, de alguna manera, el orden impuesto para las cosas. Imagínese viviendo en este barrio. Una porquería. No hay una sola vieja, de esas que pasean el perro por el Parque Rivadavia, que no merezca que el pichicho no le cague los zapatos. Se lo digo yo, que las observo desde hace años. Fui cajero en el bar de acá a la vuelta, Shananá, ese, el que estaba sobre la cortada, me jubilé cuando lo cerraron. Horario nocturno, panorámica completa desde mi silla alta detrás de la barra, se podía leer. Ciencia ficción, sobre todo. Historias de laboratorio. Ya le dije que sí tiene que ver. Qué terquedad, che. ¿Nunca leyó a Pascal? ¿La Muy Interesante? Una lástima. Y cómo llegó a periodista, a ver. Bueno, bueno, no se ofenda. Le decía que entonces empecé a venir a este bar y la descubrí a ella, a la muchacha sentada en la primera ventana. En la misma mesa y en la misma posición que tiene ahora, con las piernas cruzadas. El tobillo de la izquierda bajo la pierna derecha, ve. Siempre igual desde hace años. Ah, claro, a eso voy. Ella duerme de día en su casa, llega acá después de la medianoche, se acomoda en su lugar, toma notas, lee, fuma como una condenada y mira por la ventana. La negrura del parque no la ayuda, ya lo sé. Ni el contorno diluido de los árboles, ni el farol del fondo. Pero, créame: para ella todo esto no significa nada. Ya no significa nada. La repetición, me entiende, acaba por eternizar las cosas, las vuelve agobiantes, las instala como en otra realidad. Espérese, no me apure, primero tiene que saber que ella está ahí porque lo espera. A su pareja, digamos. Al marido no, al novio. No exagero: le apuesto lo que quiera que ella va a subirse a un auto a mitad de la noche. La van a recoger, lo sé, porque la veo hacer lo mismo desde hace quince años. ¿Cómo, no estamos en el dosmildiez? Son quince años justos, entonces. Está bien, sí, sí, ahí tiene razón: ya no es una chica, es una mujer, aunque para mí sigue siendo una muchacha, exactamente igual a cuando la vi por primera vez. ¿Se da cuenta? La clave está en el observador, en la posición del observador. 



lunes, 15 de febrero de 2016

Engranaje



Engranaje (detalle de La Torre de Babel)
Dibujo a tinta de Ricardo Lancaster - Jones 2011.



Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8A Otoño 2014.



domingo, 14 de febrero de 2016

El cuarto

por Sandro W. Centurión
                       (Argentina)

A la izquierda siento algo con plumas, tan grande como un ropero. A la derecha algo con mucho pelo, suave, sedoso y frío. Arriba, una esfera dura y rugosa. Unos pasos a la derecha, un recipiente con un líquido caliente, tal vez agua o café aunque no huele a café sino a libro viejo. A ras del piso rozo con los dedos de mi pie la punta de una nariz de esas que tienen una verruga en la punta. Me agazapo y acaricio un seno, uno solo, turgente y del tamaño de un puño. No estoy seguro. La respiración jadeante hace eco en la oscuridad.
     Hasta ahora, ninguno de nosotros se atreve a encender la luz. 



martes, 28 de julio de 2015

Sirena





Sirena - Dibujo a tinta china de Osiris Puerto 2008.



Publicado en Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Año 4 Vol. 8A Otoño 2014.



lunes, 27 de julio de 2015

Subte lleno

por Juan Romagnioli
                (Argentina)

La mujer embarazada sube al vagón del subterráneo y se arrima al pasillo. Para estupor de los presentes (hay gente que viaja parada), un joven de traje se levanta de su asiento y la invita a sentarse. Los hechos se desencadenan caprichosamente.
    Un señor con maletín mira extrañado al joven de traje. A su vez, el guarda mira al señor con maletín, notando su asombro. Un cuarto caballero, canoso ya, mira al guarda. Al cuarto lo mira un quinto (más joven éste, con una trenza en la cabellera), mientras un sexto es mirado por un séptimo, al que observa una octava persona, y así sucesivamente hasta que el último pasajero del vagón mira extrañado al primero, y un circuito insólito parece cerrarse. La situación dura apenas un instante. Y también en un instante la hora), uno de los presentes altera la secuencia al girar la vista hacia la mujer embarazada. Entonces ocurre el descalabro. Desordenadamente, los pasajeros van quitando la vista de la persona correspondiente. La situación se vuelve caótica.
    En el futuro del neonato ha quedado sellada una clara tendencia al crimen o a la esquizofrenia o a la gula o a la filatelia. 



domingo, 26 de julio de 2015

El otro Rodolfo Walsh

por Adán Medellín  
               (México)

"La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez", escribió en una nota biográfica Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927 - Buenos Aires, 1977), publicada en Ese hombre y otros papeles personales (Ediciones de la Flor, 2012), un compendio de materiales íntimos, proyectos de relatos, reflexiones narrativas y entrevistas. El cuentista y periodista argentino era un intelectual exigente y analítico, un excelente traductor y un magnífico narrador de policíacos, pero la frase adquiere más sentido cuando descubrimos que el relato interior de sus últimos años de vida es la tensión eterna entre la conciliación de su calidad de "artista" y su militancia política. 
Walsh es uno de los escritores argentinos más destacados de la segunda mitad del siglo XX y vivió una época de tempestades políticas bajo la dictadura argentina. Convencido, abrazó la causa revolucionaria armada interrumpiendo su privilegiada condición de escritor; pero nunca dejó de problematizarse por su elección. Muchas de las páginas personales de Walsh narran una anécdota casi kafkiana: son la historia de sus tentativas fallidas de escribir una novela, ese objeto literario que el argentino desdeña y lo obsesiona a la vez, ese texto aburguesado que nunca podrá realizar por su dedicación a distintas labores periodísticas y revolucionarias. 
     En sus anotaciones, uno lo ve debatirse entre la pobreza y las contingencias materiales a las que lo condena la fidelidad de sus convicciones. Con una lucidez avasallante, Walsh se desnuda evitando cualquier patetismo: el periodismo y la militancia le impiden la novela que tanto él como el sistema literario (al que desdeña secretamente porque es un apéndice del poder contra el que lucha) están esperando. A lo largo de Ese hombre y otros papeles personales, vemos a un Walsh en fuga, un hombre que se oculta tras la muerte de camaradas y enemigos. El narrador se pregunta si después de las huidas, las lecturas, su conocimiento del marxismo, su implicación en las organizaciones guerrilleras o su viaje a Cuba, aún podría escribir. 
    "La preocupación obsesiva de todo escritor es descubrir el idioma exacto de sus narraciones", dijo Walsh en otra entrevista de 1968. Leer sus papeles personales, a veces en inglés, a veces llenos de abreviaturas e iniciales que no siempre pueden traducirse, nos sumerge en una cuenta regresiva. La inminencia del desastre crece, pero también la sensación de que Walsh nunca renunció a eso que tanto le dolía y lo condenaba, pero a la vez le daba sentido innegable a su vida: aunque militante y padre, Rodolfo Walsh era ante todo un escritor, cuya gran pregunta al final de su vida era "para quién escribir". "No puedo o no quiero volver a escribir para un limitado público de críticos y snobs. Quiero volver a escribir ficción, pero una ficción que incorpore la experiencia política, y todas las otras experiencias. Para eso debo salir de un chaleco de fuerza", anotó en 1971. 
      El escritor argentino anheló alguna vez inventariar sus lugares, ideas, personas y experiencias de una forma "verídica y sincera", concibiendo que su vida individual estaba atravesada por un hilo conductor que le permitiría narrar "el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país". 
     Aunque parece una máquina de precisión intelectual, cuando el argentino le abre al lector sus lugares más personales nos conmueve con textos tan dolorosos e íntimos como la carta en la que anuncia a sus amigos la muerte en combate de su hija Vicky, entregada como él a las maniobras armadas. Quien ha leído a Walsh sabe que en él hay un escritor rico en registros variados y con un amplio dominio de estrategias para contar, que se nutre del gusto por la propuesta estructural arriesgada, la metaliteratura, el enigma y el juego de inteligencia policíacos. Pero existe también un Walsh entrañable, nostálgico, poético y de escritura bíblica - faulkneriana que asombra en relatos como "Irlandeses detrás de un gato", que narra el ajuste de cuentas de unos chicos sobre uno de sus compañeros en un colegio católico, en un remanente de la infancia del narrador.
     Además de sus impresionantes trabajos periodísticos (como el escalofriante Operación Masacre, de 1957, emblema de la no - ficción), sus papeles personales tienen el mérito de dibujarlo no sólo como el personaje legendario en que se convirtió, sino como un ser real, sumergido en la cotidianidad del mundo. Quizá por ello la dimensión documental y literaria - impresionante para el admirador, el curioso o el aspirante a narrador - de Ese hombre y otros papeles personales, completa el molde humano que nos recuerda que los escritores no son seres alados ni siquiera en sus fidelidad políticas o sociales; sino tipos atravesados con preguntas, miedos, controversias y dolores, como cualquiera de los lectores que se abren camino en sus páginas.



sábado, 25 de julio de 2015

Un breve vistazo


La literatura argentina es un referente en la literatura en español, entre sus autores podemos enumerar verdaderos maestros, Borges, Arlt, Filloy o Cortázar. Desde el origen de la relación, pienso en Alfonso Reyes publicando el tercer libro de Borges, Cuaderno de San Martín (1929), mucho del carácter de nuestras letras se fue reconociendo, como dos animales de la misma especie que se conceden importancia uno al otro. Sin embargo, aún hay mucha tela de donde cortar, nuestro diálogo invita a ser continuado por las nuevas generaciones.
No es extraño que la historia de los dos países se parezca y se aproxime en el tiempo: en ambas naciones hay una gran injusticia social que marca el perfil de millones de ciudadanos. Quizá sea por esto que su literatura, ese espejo que refleja de forma distorsionada, esa mentira que dice la verdad (dixit Dostoievsky), nos resulte tan próxima. Cariátide ha pensado aproximarse, por medio de un breve vistazo, a la contemporaneidad de la literatura argentina.
Sean bienvenidos los comensales.



El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias

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Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Num 16