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martes, 16 de febrero de 2016

Tiempo de noche [fragmento]

por Marina Porcelli
              (Argentina)

Sabe qué pasa, que el tiempo y el espacio se comportan de un modo extraño. Mire a esa chica, por ejemplo. La que está junto a la ventana. Mientras usted se toma con naturalidad el café, y le resultan nuevos, digamos, el chaleco con flores del mozo, o su cara de amargado, ella ya se ha muerto varias veces. No abra así los ojos, quiere, no estoy loco. Es un asunto meramente matemático, no un lío de fantasmas. Altas matemáticas, diría yo. ¿Usted estuvo harto alguna vez? ¿Harto de verdad, digo, harto de un modo bestial? Porque si alguna vez se sintió así, puede entender lo que quiero contarle. Una historia de amor, pero al revés. ¿No buscaba historias? Mire que el cuento viene largo, y si ya desde el vamos empieza a cuestionarme, ¿dónde me dijo que trabaja? Un periódico barrial, ajá. Está bien eso de escribir sobre la gente común, aunque a mí no me engaña, eh, con esa cara de desvelado, usted debe ser como nosotros. Todos los que vivimos de noche estamos hartos. Nos aturde la luz. Rechazamos, de alguna manera, el orden impuesto para las cosas. Imagínese viviendo en este barrio. Una porquería. No hay una sola vieja, de esas que pasean el perro por el Parque Rivadavia, que no merezca que el pichicho no le cague los zapatos. Se lo digo yo, que las observo desde hace años. Fui cajero en el bar de acá a la vuelta, Shananá, ese, el que estaba sobre la cortada, me jubilé cuando lo cerraron. Horario nocturno, panorámica completa desde mi silla alta detrás de la barra, se podía leer. Ciencia ficción, sobre todo. Historias de laboratorio. Ya le dije que sí tiene que ver. Qué terquedad, che. ¿Nunca leyó a Pascal? ¿La Muy Interesante? Una lástima. Y cómo llegó a periodista, a ver. Bueno, bueno, no se ofenda. Le decía que entonces empecé a venir a este bar y la descubrí a ella, a la muchacha sentada en la primera ventana. En la misma mesa y en la misma posición que tiene ahora, con las piernas cruzadas. El tobillo de la izquierda bajo la pierna derecha, ve. Siempre igual desde hace años. Ah, claro, a eso voy. Ella duerme de día en su casa, llega acá después de la medianoche, se acomoda en su lugar, toma notas, lee, fuma como una condenada y mira por la ventana. La negrura del parque no la ayuda, ya lo sé. Ni el contorno diluido de los árboles, ni el farol del fondo. Pero, créame: para ella todo esto no significa nada. Ya no significa nada. La repetición, me entiende, acaba por eternizar las cosas, las vuelve agobiantes, las instala como en otra realidad. Espérese, no me apure, primero tiene que saber que ella está ahí porque lo espera. A su pareja, digamos. Al marido no, al novio. No exagero: le apuesto lo que quiera que ella va a subirse a un auto a mitad de la noche. La van a recoger, lo sé, porque la veo hacer lo mismo desde hace quince años. ¿Cómo, no estamos en el dosmildiez? Son quince años justos, entonces. Está bien, sí, sí, ahí tiene razón: ya no es una chica, es una mujer, aunque para mí sigue siendo una muchacha, exactamente igual a cuando la vi por primera vez. ¿Se da cuenta? La clave está en el observador, en la posición del observador. 



lunes, 27 de julio de 2015

Subte lleno

por Juan Romagnioli
                (Argentina)

La mujer embarazada sube al vagón del subterráneo y se arrima al pasillo. Para estupor de los presentes (hay gente que viaja parada), un joven de traje se levanta de su asiento y la invita a sentarse. Los hechos se desencadenan caprichosamente.
    Un señor con maletín mira extrañado al joven de traje. A su vez, el guarda mira al señor con maletín, notando su asombro. Un cuarto caballero, canoso ya, mira al guarda. Al cuarto lo mira un quinto (más joven éste, con una trenza en la cabellera), mientras un sexto es mirado por un séptimo, al que observa una octava persona, y así sucesivamente hasta que el último pasajero del vagón mira extrañado al primero, y un circuito insólito parece cerrarse. La situación dura apenas un instante. Y también en un instante la hora), uno de los presentes altera la secuencia al girar la vista hacia la mujer embarazada. Entonces ocurre el descalabro. Desordenadamente, los pasajeros van quitando la vista de la persona correspondiente. La situación se vuelve caótica.
    En el futuro del neonato ha quedado sellada una clara tendencia al crimen o a la esquizofrenia o a la gula o a la filatelia. 



domingo, 26 de julio de 2015

El otro Rodolfo Walsh

por Adán Medellín  
               (México)

"La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez", escribió en una nota biográfica Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927 - Buenos Aires, 1977), publicada en Ese hombre y otros papeles personales (Ediciones de la Flor, 2012), un compendio de materiales íntimos, proyectos de relatos, reflexiones narrativas y entrevistas. El cuentista y periodista argentino era un intelectual exigente y analítico, un excelente traductor y un magnífico narrador de policíacos, pero la frase adquiere más sentido cuando descubrimos que el relato interior de sus últimos años de vida es la tensión eterna entre la conciliación de su calidad de "artista" y su militancia política. 
Walsh es uno de los escritores argentinos más destacados de la segunda mitad del siglo XX y vivió una época de tempestades políticas bajo la dictadura argentina. Convencido, abrazó la causa revolucionaria armada interrumpiendo su privilegiada condición de escritor; pero nunca dejó de problematizarse por su elección. Muchas de las páginas personales de Walsh narran una anécdota casi kafkiana: son la historia de sus tentativas fallidas de escribir una novela, ese objeto literario que el argentino desdeña y lo obsesiona a la vez, ese texto aburguesado que nunca podrá realizar por su dedicación a distintas labores periodísticas y revolucionarias. 
     En sus anotaciones, uno lo ve debatirse entre la pobreza y las contingencias materiales a las que lo condena la fidelidad de sus convicciones. Con una lucidez avasallante, Walsh se desnuda evitando cualquier patetismo: el periodismo y la militancia le impiden la novela que tanto él como el sistema literario (al que desdeña secretamente porque es un apéndice del poder contra el que lucha) están esperando. A lo largo de Ese hombre y otros papeles personales, vemos a un Walsh en fuga, un hombre que se oculta tras la muerte de camaradas y enemigos. El narrador se pregunta si después de las huidas, las lecturas, su conocimiento del marxismo, su implicación en las organizaciones guerrilleras o su viaje a Cuba, aún podría escribir. 
    "La preocupación obsesiva de todo escritor es descubrir el idioma exacto de sus narraciones", dijo Walsh en otra entrevista de 1968. Leer sus papeles personales, a veces en inglés, a veces llenos de abreviaturas e iniciales que no siempre pueden traducirse, nos sumerge en una cuenta regresiva. La inminencia del desastre crece, pero también la sensación de que Walsh nunca renunció a eso que tanto le dolía y lo condenaba, pero a la vez le daba sentido innegable a su vida: aunque militante y padre, Rodolfo Walsh era ante todo un escritor, cuya gran pregunta al final de su vida era "para quién escribir". "No puedo o no quiero volver a escribir para un limitado público de críticos y snobs. Quiero volver a escribir ficción, pero una ficción que incorpore la experiencia política, y todas las otras experiencias. Para eso debo salir de un chaleco de fuerza", anotó en 1971. 
      El escritor argentino anheló alguna vez inventariar sus lugares, ideas, personas y experiencias de una forma "verídica y sincera", concibiendo que su vida individual estaba atravesada por un hilo conductor que le permitiría narrar "el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país". 
     Aunque parece una máquina de precisión intelectual, cuando el argentino le abre al lector sus lugares más personales nos conmueve con textos tan dolorosos e íntimos como la carta en la que anuncia a sus amigos la muerte en combate de su hija Vicky, entregada como él a las maniobras armadas. Quien ha leído a Walsh sabe que en él hay un escritor rico en registros variados y con un amplio dominio de estrategias para contar, que se nutre del gusto por la propuesta estructural arriesgada, la metaliteratura, el enigma y el juego de inteligencia policíacos. Pero existe también un Walsh entrañable, nostálgico, poético y de escritura bíblica - faulkneriana que asombra en relatos como "Irlandeses detrás de un gato", que narra el ajuste de cuentas de unos chicos sobre uno de sus compañeros en un colegio católico, en un remanente de la infancia del narrador.
     Además de sus impresionantes trabajos periodísticos (como el escalofriante Operación Masacre, de 1957, emblema de la no - ficción), sus papeles personales tienen el mérito de dibujarlo no sólo como el personaje legendario en que se convirtió, sino como un ser real, sumergido en la cotidianidad del mundo. Quizá por ello la dimensión documental y literaria - impresionante para el admirador, el curioso o el aspirante a narrador - de Ese hombre y otros papeles personales, completa el molde humano que nos recuerda que los escritores no son seres alados ni siquiera en sus fidelidad políticas o sociales; sino tipos atravesados con preguntas, miedos, controversias y dolores, como cualquiera de los lectores que se abren camino en sus páginas.



sábado, 25 de julio de 2015

Un breve vistazo


La literatura argentina es un referente en la literatura en español, entre sus autores podemos enumerar verdaderos maestros, Borges, Arlt, Filloy o Cortázar. Desde el origen de la relación, pienso en Alfonso Reyes publicando el tercer libro de Borges, Cuaderno de San Martín (1929), mucho del carácter de nuestras letras se fue reconociendo, como dos animales de la misma especie que se conceden importancia uno al otro. Sin embargo, aún hay mucha tela de donde cortar, nuestro diálogo invita a ser continuado por las nuevas generaciones.
No es extraño que la historia de los dos países se parezca y se aproxime en el tiempo: en ambas naciones hay una gran injusticia social que marca el perfil de millones de ciudadanos. Quizá sea por esto que su literatura, ese espejo que refleja de forma distorsionada, esa mentira que dice la verdad (dixit Dostoievsky), nos resulte tan próxima. Cariátide ha pensado aproximarse, por medio de un breve vistazo, a la contemporaneidad de la literatura argentina.
Sean bienvenidos los comensales.



El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias

El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias
Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Num 16