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domingo, 14 de febrero de 2016

El cuarto

por Sandro W. Centurión
                       (Argentina)

A la izquierda siento algo con plumas, tan grande como un ropero. A la derecha algo con mucho pelo, suave, sedoso y frío. Arriba, una esfera dura y rugosa. Unos pasos a la derecha, un recipiente con un líquido caliente, tal vez agua o café aunque no huele a café sino a libro viejo. A ras del piso rozo con los dedos de mi pie la punta de una nariz de esas que tienen una verruga en la punta. Me agazapo y acaricio un seno, uno solo, turgente y del tamaño de un puño. No estoy seguro. La respiración jadeante hace eco en la oscuridad.
     Hasta ahora, ninguno de nosotros se atreve a encender la luz. 



lunes, 27 de julio de 2015

Subte lleno

por Juan Romagnioli
                (Argentina)

La mujer embarazada sube al vagón del subterráneo y se arrima al pasillo. Para estupor de los presentes (hay gente que viaja parada), un joven de traje se levanta de su asiento y la invita a sentarse. Los hechos se desencadenan caprichosamente.
    Un señor con maletín mira extrañado al joven de traje. A su vez, el guarda mira al señor con maletín, notando su asombro. Un cuarto caballero, canoso ya, mira al guarda. Al cuarto lo mira un quinto (más joven éste, con una trenza en la cabellera), mientras un sexto es mirado por un séptimo, al que observa una octava persona, y así sucesivamente hasta que el último pasajero del vagón mira extrañado al primero, y un circuito insólito parece cerrarse. La situación dura apenas un instante. Y también en un instante la hora), uno de los presentes altera la secuencia al girar la vista hacia la mujer embarazada. Entonces ocurre el descalabro. Desordenadamente, los pasajeros van quitando la vista de la persona correspondiente. La situación se vuelve caótica.
    En el futuro del neonato ha quedado sellada una clara tendencia al crimen o a la esquizofrenia o a la gula o a la filatelia. 



domingo, 26 de julio de 2015

El otro Rodolfo Walsh

por Adán Medellín  
               (México)

"La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez", escribió en una nota biográfica Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927 - Buenos Aires, 1977), publicada en Ese hombre y otros papeles personales (Ediciones de la Flor, 2012), un compendio de materiales íntimos, proyectos de relatos, reflexiones narrativas y entrevistas. El cuentista y periodista argentino era un intelectual exigente y analítico, un excelente traductor y un magnífico narrador de policíacos, pero la frase adquiere más sentido cuando descubrimos que el relato interior de sus últimos años de vida es la tensión eterna entre la conciliación de su calidad de "artista" y su militancia política. 
Walsh es uno de los escritores argentinos más destacados de la segunda mitad del siglo XX y vivió una época de tempestades políticas bajo la dictadura argentina. Convencido, abrazó la causa revolucionaria armada interrumpiendo su privilegiada condición de escritor; pero nunca dejó de problematizarse por su elección. Muchas de las páginas personales de Walsh narran una anécdota casi kafkiana: son la historia de sus tentativas fallidas de escribir una novela, ese objeto literario que el argentino desdeña y lo obsesiona a la vez, ese texto aburguesado que nunca podrá realizar por su dedicación a distintas labores periodísticas y revolucionarias. 
     En sus anotaciones, uno lo ve debatirse entre la pobreza y las contingencias materiales a las que lo condena la fidelidad de sus convicciones. Con una lucidez avasallante, Walsh se desnuda evitando cualquier patetismo: el periodismo y la militancia le impiden la novela que tanto él como el sistema literario (al que desdeña secretamente porque es un apéndice del poder contra el que lucha) están esperando. A lo largo de Ese hombre y otros papeles personales, vemos a un Walsh en fuga, un hombre que se oculta tras la muerte de camaradas y enemigos. El narrador se pregunta si después de las huidas, las lecturas, su conocimiento del marxismo, su implicación en las organizaciones guerrilleras o su viaje a Cuba, aún podría escribir. 
    "La preocupación obsesiva de todo escritor es descubrir el idioma exacto de sus narraciones", dijo Walsh en otra entrevista de 1968. Leer sus papeles personales, a veces en inglés, a veces llenos de abreviaturas e iniciales que no siempre pueden traducirse, nos sumerge en una cuenta regresiva. La inminencia del desastre crece, pero también la sensación de que Walsh nunca renunció a eso que tanto le dolía y lo condenaba, pero a la vez le daba sentido innegable a su vida: aunque militante y padre, Rodolfo Walsh era ante todo un escritor, cuya gran pregunta al final de su vida era "para quién escribir". "No puedo o no quiero volver a escribir para un limitado público de críticos y snobs. Quiero volver a escribir ficción, pero una ficción que incorpore la experiencia política, y todas las otras experiencias. Para eso debo salir de un chaleco de fuerza", anotó en 1971. 
      El escritor argentino anheló alguna vez inventariar sus lugares, ideas, personas y experiencias de una forma "verídica y sincera", concibiendo que su vida individual estaba atravesada por un hilo conductor que le permitiría narrar "el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país". 
     Aunque parece una máquina de precisión intelectual, cuando el argentino le abre al lector sus lugares más personales nos conmueve con textos tan dolorosos e íntimos como la carta en la que anuncia a sus amigos la muerte en combate de su hija Vicky, entregada como él a las maniobras armadas. Quien ha leído a Walsh sabe que en él hay un escritor rico en registros variados y con un amplio dominio de estrategias para contar, que se nutre del gusto por la propuesta estructural arriesgada, la metaliteratura, el enigma y el juego de inteligencia policíacos. Pero existe también un Walsh entrañable, nostálgico, poético y de escritura bíblica - faulkneriana que asombra en relatos como "Irlandeses detrás de un gato", que narra el ajuste de cuentas de unos chicos sobre uno de sus compañeros en un colegio católico, en un remanente de la infancia del narrador.
     Además de sus impresionantes trabajos periodísticos (como el escalofriante Operación Masacre, de 1957, emblema de la no - ficción), sus papeles personales tienen el mérito de dibujarlo no sólo como el personaje legendario en que se convirtió, sino como un ser real, sumergido en la cotidianidad del mundo. Quizá por ello la dimensión documental y literaria - impresionante para el admirador, el curioso o el aspirante a narrador - de Ese hombre y otros papeles personales, completa el molde humano que nos recuerda que los escritores no son seres alados ni siquiera en sus fidelidad políticas o sociales; sino tipos atravesados con preguntas, miedos, controversias y dolores, como cualquiera de los lectores que se abren camino en sus páginas.



sábado, 25 de julio de 2015

Un breve vistazo


La literatura argentina es un referente en la literatura en español, entre sus autores podemos enumerar verdaderos maestros, Borges, Arlt, Filloy o Cortázar. Desde el origen de la relación, pienso en Alfonso Reyes publicando el tercer libro de Borges, Cuaderno de San Martín (1929), mucho del carácter de nuestras letras se fue reconociendo, como dos animales de la misma especie que se conceden importancia uno al otro. Sin embargo, aún hay mucha tela de donde cortar, nuestro diálogo invita a ser continuado por las nuevas generaciones.
No es extraño que la historia de los dos países se parezca y se aproxime en el tiempo: en ambas naciones hay una gran injusticia social que marca el perfil de millones de ciudadanos. Quizá sea por esto que su literatura, ese espejo que refleja de forma distorsionada, esa mentira que dice la verdad (dixit Dostoievsky), nos resulte tan próxima. Cariátide ha pensado aproximarse, por medio de un breve vistazo, a la contemporaneidad de la literatura argentina.
Sean bienvenidos los comensales.



miércoles, 31 de octubre de 2012

La faena soñada

Por Jorge F. Hernández

Citó de lejos, sin dejar que lo tocara un solo peón de brega. Seis verónicas, abriendo el compás, cargando la suerte y adelantando la pierna contraria como quien camina en un parque sirvieron de introducción a la íntima satisfacción de lo que llaman “hacerse del toro”. Erguido en el centro del ruedo, más allá de los tercios ya superados, el torero cita envuelto en el ensueño con la atrevida intención de cuajar un quite por gaoneras aun antes de que el toro reciba el primer puyazo. Desafía la embestida sin considerar que el peso del novillo corresponde –en la realidad—al de un toro de cinco años, alimentado con grano sobre kilómetros de músculo que ejercita todos los días y todas las tardes en una ganadería lejana.

Aclamado por la multitud anónima, por esos miles de rostros que no tienen nombre ni más filiación que la admiración que le profesan a gritos, el novillero intercala otros tres quites entre el tercer y cuarto puyazo que hacen aún más inexplicable la utopía de esta lidia que ya es histórica e increíble. Se retira entonces hacia las tablas, para enjugar los sudores del primer tercio, lanzando órdenes a los banderilleros como si fuera una figura del toreo y no un novillero con aspiraciones de gloria. Él mismo decide, en un arranque de locura y engreimiento, tomar las banderillas y definir el curso del segundo tercio: con una agilidad que no corresponde a la hora del día ni a las condiciones del clima, el novillero logra resumir en tres pares perfectos (al cuarteo, al sesgo y al quiebro) el nuevo orden del universo, y hasta parece escucharse la voz de un aficionado enloquecido que exige avisar a la NASA el nuevo curso que han tomado los planetas por obra y gracia de ese milagro que acaba de materializarse sobre la arena.

El muchacho toma la muleta y se encamina, sin brindis ni poses, a iniciar el decálogo de lo que será su pasaporte a la gloria: tres pases estatuarios que provocan algo parecido a una taquicardia, seis doblones rodilla en tierra y un muletazo de la firma que queda fotografiado en la memoria del propio novillero. Inicia entonces un recital de naturales con la consciente intención de honrar la memoria de Juan Belmonte, Lorenzo Garza y el recuerdo al óleo de Fermín Espinosa Armillita -sin importar que solamente los haya visto torear en película, fotografía o sobremesas. El niño deja de serlo a la segunda tanda de naturales, como si con sólo torear por el lado izquierdo lograse acelerar el curso de su biografía y convertirse en hombre, en figura incuestionable del toreo, para siempre y a partir del instante en que logra dibujar la mejor versión jamás vista de eso que llaman un forzado de pecho.

No hay párrafos que alcancen para explicar el milagro de esta faena perfecta. Una epifanía que combina la elasticidad gimnástica de cada uno de los músculos, nervios y emociones del novillero con la utópica embestida de un novillo de un peso y trapío que hacía años no se veía en ningún ruedo mexicano. Una puesta en escena de una obra plástica y perfecta: las astas intactas del novillo trazando surcos sobre la arena a los pies de un novillero que más que ejecutar una danza esquiva e improvisada, realiza una auténtica coreografía del arte, al ritmo de esa música callada que escuchaba antaño un poeta y medida por el cronómetro invisible de su propio corazón. Un milagro taurino que en el transcurso de su duración arbitraria –eterna en la mente de los aficionados de verdad y fugaz en los minutos que mide el Juez desde arriba—logra cambiar por completo la fisonomía putrefacta de la tauromaquia mexicana; milagro que se mide en cada embestida fantástica de un toro bravo, imponente al tiempo que noble, que no abrió el hocico en ningún momento de la lidia soñada; milagro que se mide en los gritos sordos e inaudibles que bajan desde los tendidos del ensueño hasta los oídos de ese novillero que ya no escucha nada porque ya no cree en nadie.

Para goce de los estadísticos queda la cifra de treinta y nueve muletazos perfectos, en los que el novillero se jugó auténticamente la vida sin dejar que las astas rozaran su muleta inmaculada. Para deleite de los villamelones, se escucharon músicas que hacía tiempo no se dejaban oír en plazas de prestigio. Para solaz de los verdaderos aficionados consta para siempre que se trató de una faena rematada con un volapié ejecutado a la perfección, entregado el pecho a la cuna de las astas, empuñada la espada hasta tocar el pelo ensangrentado de ese novillo que, en un suspiro y apenas salido de la suerte, cae patas pa’arriba en la contundencia inapelable de lo que llaman la muerte sin puntilla.

El novillero sabe perfectamente lo que ha logrado. Voltea la mirada hacia las alturas, y contra toda lógica, no ve que los tendidos de la Monumental Plaza de Toros México estén vacíos, salpicados con algunos aficionados despistados, distraídos y divagados. Al contrario, mira a las alturas y observa las gradas pobladas hasta el reloj, o hasta la bandera si estuviera en Madrid o en Sevilla. La plaza llena, hasta la altura de las últimas ramas de los árboles de este Bosque de Chapultepec, cuyas hojas forman una multitud que se sacude con la brisa gélida de un amanecer cualquiera como si fueran pañuelos pidiendo los máximos trofeos para un novillero anónimo que en su cotidiano toreo de salón ha ensayado el ilusorio encanto de torear como debe de ser: soñando.



viernes, 21 de septiembre de 2012

Puerto


De tradición oral, escrita o virtual, el cuento es una invención que jamás desaparecerá. Siempre habrá historias qué contar, ya sean reinterpretaciones o nuevas fórmulas de la imaginación, pues hasta El Quijote de la Mancha se transforma en cuento al momento en que el lector lo sintetiza en amena charla sonora. Este género literario tiene tantas posibilidades como escritores hay en el mundo; de desarrollo directo o de trama laberíntica, con final esperado o con incógnitas, el cuento goza de la buena fortuna de la elasticidad temática y de la creatividad en su forma que permite la creación de lo inaudito de manera súbita y sorprendente. Estas virtudes son las que comparte con el humanismo, que en estos tiempos desaparece en muchas de las actividades del hombre. La libertad de expresión, el libre albedrío, la pluralidad y la comunión con el otro son motores que impulsan a respirar con constancia nuevos aires que traerán el interés hacia la reflexión y el trabajo: elementos base para derruir la intolerancia y la mezquindad que amenazan con levantar muros violentos y estáticos. Estos cuentos que publica Cariátide son ejemplos de la diversidad -por ende de la inteligencia-, que hace falta para forjar algunos instantes vitales, y derrumbar así la pereza con algunos guiños de felicidad.  
   
 
Gaceta Cariátide Brevedades Literarias
Año 2 Num 4 Primavera 2012.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Parpadeo


 Marcos Daniel Aguilar

En la cima de una montaña y con el sol y el águila rodeándolos con gusto y costumbre paternal, las lecciones continuaron por muchos años. Una tarde Órnik, al acabar  las labores diarias, sintió presión en los músculos, un ardor en los ojos por el polvo y respiró la tierra seca y quemada de su hogar. Al rodarle la última gota de sudor por la frente, su maestro la hizo estallar en la palma de su mano y le dijo: "nunca olvides que somos muertos que conversan con muertos, ya no estamos aquí".

 En la noche, Órnik tenía en la mente la cara cenicienta y arrugada del maestro y su voz difuminada por el viento con sus palabras que no pudo comprender, pero durmió y tuvo un sueño; en él, sus pies se hundieron en la arena del mar, lloraba al ver la sangre provocada por la espina de aquella rosa que jamás contuvo, y también la soledad se regocijó en su sueño cuando caminó orando rumbo a la montaña. Después, en el mismo sueño, voló hacia la estrella más próxima, la más grande y brillante de la bóveda y regresó.

Al amanecer, la respiración no llegaba a su cuerpo y las sombras comenzaron a invadir sus ojos; entonces, una mano tocó sus dedos ya arrugados por la vejez y en su último aliento Órnik pudo gemir algo sobre las conversaciones entre los muertos. Esa noche, el aún joven alumno de Órnik no podía dormir, su anciano maestro ya no estaba ahí, pero el sueño, como ocurre tarde o temprano, lo venció. 

El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias

El nuevo número impreso de Gaceta Cariátide Brevedades Literarias
Gaceta Cariátide Brevedades Literarias Num 16