martes, 13 de marzo de 2012

El Ogro filarmónico

Adán Echeverría *

Todo comenzó en un teatro, esa noche la orquesta interpretaría algunos valses de Strauss, el conocidísimo, hasta el aburrimiento, Cuatro estaciones de Vivaldi, y alguna rareza de Satie.

Sin embargo, el joven apenas pudo llegar a tiempo. El teatro estaba lleno y él aún no estaba lo suficientemente concentrado como para salir al escenario. Quiso cancelar, posponer y al final, un director suplente sacó el evento.

El joven director entonces volvió a su casa. Una vez ahí, con mucha cautela entró intentando no hacer ruido. La casa se encontraba deshecha. Vidrios, trastes, lodo en las paredes, sangre en el techo, rastros de una enorme batalla que lo habría aventado todo por las paredes, como si un huracán hubiera decidido levantar la casa, sacudirla con mucha violencia y luego dejarla caer.

Vio entonces las piernas de su compañero, con quien compartía la renta, separadas de su cuerpo, y fue en ese momento, cuando todos los aparatos eléctricos saltaron sobre él, de la misma manera que lo habían hecho toda la mañana. Se trataba de máquinas, pequeños robots que se habían reproducido así mismos y que no lo dejaban salir. Corrió a su estudio, encendió los altavoces y los acordes de La Valquiria de Wagner, y las máquinas se detuvieron, hipnotizadas.

El joven director, se colgó entonces un reproductor portátil en el pecho, dejó escuchar la misma obra, y fue pasando entre ellos, con sumo cuidado, hasta salir de casa. Cuando regresó al teatro la oscuridad era tal que parecía haber entrado a una caverna. Miró las butacas abandonadas, llenas del polvo que dejan los años; regresó sobre sus pasos, y caminó hacia la luz para llegar a la calle; al salir se vio frente a un campo amplísimo, cuyos jardines se extendían hacia el horizonte; al frente, como a doscientos metros, se podía observar una gran columna de roca maciza, que tenía escaleras alrededor, que permitían alcanzar la cima.

Una sombra cruzó encima de él, levantó la vista y el cielo estaba cubierto de mujeres desnudas que volaban amaneradamente, como si nadaran en un estanque de aguas profundas, y entonces sintió que le faltaba oxígeno, que levitaba, elevándose hacia el cielo, hacia esas mujeres que lo llamaban, ansiosas. Se vio nadando en un mar tempestuoso, nadó hacia la columna de roca para no ahogarse, y cuando se sintió a salvo, el concierto terminó.

El público aplaudió de pie, el joven director temblaba de pie frente a la orquesta, dio la cara al público y agradeció. Saladas lágrimas le devolvieron la cordura.



*Más información sobre Adán Echeverría, colaborador de Cariátide,  en http://www.facebook.com/#!/profile.php?id=558894857 


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