martes, 29 de octubre de 2013

Décalogo del ensayista

Por Javier Perucho


I. El ensayo busca el consenso entre los lectores, para eso lo embruja con sus argumentos, experiencia e información. A pesar de esta intentona ideológica, su autor no renuncia a la amenidad de las formas narrativas. Del cuento adopta la voz personal; de la novela, el gran aliento; del drama, las formas del parlamento; del microrrelato, el horizonte cultural; del poema, la imagen; del cuento, la epifanía de su final. Lograrás la armonía de tu ensayística con una mezcla ponderada de estos ingredientes.



II. El ensayo exige una arquitectura interior ponderada y equilibrada entre sus partes (incipit, intercipit, excipit). Un ensayo es una narrativa donde se predica un objeto cierto, probable y verdadero para el sujeto de la escritura. Demostrar una tesis o desarrollar un tema al modo del libre albedrío empujarán tu única elección.



III. El ensayista se amamanta de su tradición, la historia literaria y los agrimensores del género que pretende cultivar. Su reto es el combate con los espejismos: internet, la gloria, el best seller…


IV. Como ensayista no esperes dinero, ni te ilusiones con la fama de los poetas o la ventura agradecida de los narradores. Te encontrarás mejor pagado y reconocido si tus colegas, amigos y lectores te consideran un creador.



V. Al pergeñar un ensayo inviertes en un proceso de larga duración; madurarlo demanda otro lapso; templarlo requiere del agua fría que discurre por la senda de una clepsidra. En el siguiente movimiento trata de exponerlo.



VI. Si se aferran al pasado o provienen del más furibundo tiempo contemporáneo, los temas que se desprendan de tales periodos habrás de hilvanarlos con la novedad de tu escritura.



VII. Si hay sangre derramada en tu entorno, caciquismo, hambre, valores derrengados, corrupción, fronteras oclusivas, no aprietes los ojos. ¿Escribirás sobre esas llagas sociales? El observatorio de tu escritura no excluye la inmersión social, pero no olvides que ésta suele ser causal de desavenencias estéticas, prórrogas o renuncias literarias finiquitadas.



VIII. Escucharás a la gente —tus conciudadanos— para registrar sus preocupaciones cuando hablen en la calle, arriba del autobús, cuando bajen las escaleras o mientras discuten en la banca del parque. En la oralidad también se localiza la materia prima de tu escritura, de la que pueden desgajarse los tópicos de tu predicado. Escuchar a los compatriotas redondeará tu marco ético, pues sus angustias acaso orienten tus inquisiciones literarias; al final, con ambas definirás tus valores estéticos y morales.



IX. Quizá del mercado, la fama o la rotonda del best seller puedas obtener dinero y satisfactores inmediatos, pero con ellos apenas conquistas una felicidad fugitiva, nunca la epifanía que demanda tu escritura.



X. Envidiarás el éxito del escritor vecino, pero no te permitirás tenderle una zancada. Ódialo, pero compensarás la carencia con disciplina y cuartillas compurgadas durante la mañana, de tarde a tarde o mientras avanza la noche. Recuerda: el tiempo es el único recurso no renovable de un escritor.



Coda: La resignación a los fervores del mandamiento no fomenta tu alternativa al desacato.

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