jueves, 7 de julio de 2011

Carlos Real de Azúa

Lisa Block de Behar 
(Universidad de la República, Uruguay)

Nació en Montevideo en 1916, ciudad de la que apenas se apartó durante pocos y cortos viajes; fue aquí donde falleció en 1977, en tiempos de silencio, de opresiones y justicia avasallada. ¿Cómo presentar a quien eludía cualquier referencia a sí mismo o elogios de otros a su persona o a su obra? ¿Cómo intentar resumir en pocas líneas una vida intensa aunque desprovista de sobresaltos biográficos? Entregado a la docencia (que encaraba como una felicidad compartida), eran sus desafíos la lectura estudiosa, la agudeza filosófica, los descubrimientos de la investigación, la invención intelectual, la fundación de discursos y su formalización disciplinaria y académica. Su consagración a los buenos oficios del pensamiento, al conocimiento estético, histórico, político -teórico y crítico- no implicaba una renuncia a los gustos frecuentes, a los animados encuentros amistosos y familiares, la devoción filial, que sabía conciliar con cursos, conferencias, publicaciones periódicas y polémicas, con su afición por espectáculos deportivos. Si bien su buen humor no pasaba por alto los aspectos adversos de una realidad que observaba con severo rigor, sabía sobrevolarlos con lucidez irónica, favorecida por la prestancia de una estampa apuesta, distinguida y despreocupada a la vez.

            Entre las legendarias anécdotas que intercambian quienes gozaron del privilegio de su trato, se recuerdan las protestas de los tipógrafos de Marcha, contrariados por la multiplicación de notas, paréntesis y toda clase de textos auxiliares que extendían sus artículos, excediendo los márgenes de las páginas, complicando los trámites de impresión del semanario cuyo prestigio latinoamericano contribuyó a consolidar. Ante las urgencias del periódico, no le alarmaban tanto los límites que restringían sus artículos como la cortedad de quienes le proponían reducir la complejidad del mundo a las imposiciones de una publicación que no la ignoraba. Una cuestión de límites. También intimidan a quien pretende evocar las desmesuras de su talento, enfrentar la sabiduría de sus artículos que, escritos hace más de medio siglo, se releen y revelan con esclarecedora vigencia. Son interminables las páginas, en libros (póstumos en su mayoría), los escritos sobre crítica literaria, ensayos sobre el ensayo, sobre política, historia, sociología, que apuntan hacia distintas disciplinas. Superando sus fronteras, no le pesaba integrarlas en una unidad de ardua definición, como si las doctrinas no pudieran contener los excesos de una erudición infinita, de un conocimiento tan inasible como documentado, sometido a las disquisiciones de su reflexión especulativa, a los desbordes de una imaginación dialéctica que entablaba saber y creación para examinar temas del pasado, de su tiempo, de tiempos por venir. Sin descartar puntos de vista, sin agotarlos, insinuaba nuevos planteos, aproximando lejanos horizontes a “este país de cercanías”, como solía designarlo. La vastedad temática de su biblioteca y la variada procedencia de sus libros le deparaban las mayores aventuras, anticipando las navegaciones extraterritoriales que las redes satelitales propician hoy a domicilio. Revisaba los acontecimientos del pasado de su país, de la región, de América Latina, y las instancias de una contemporaneidad cada vez más incontenible, desde la perspectiva mundial de quien conocía otras tierras sin haberlas visitado jamás.
La fundamentación sólida, las citas remotas competían con la información más reciente, prodigando datos profusos de un universo ni ajeno ni clausurado apto para exhibir la “entidad unitaria”[1] de su pensamiento incontenible. Experto en teorías y corrientes estéticas, adelantando aquellas que aún no habían sido formuladas, fue un pensador sabio que no desechaba por ancestral, actual o parcial ninguna doctrina, sin ánimo de inventario, solo por atender y avanzar una pluralidad cultural que aún prescindía de etiquetas.[2] Habría que señalar sus “singularidades”, la notable imaginación intelectual que era su “régimen”,[3] los atributos que distinguen la obra magistral: “todo conjunto en que quiera insumírsela es artificial y, en puridad, falsifica nocivamente su espléndida y original insularidad”.[4]
Más que un transgresor diría de Real de Azúa que fue un digresor.  Sin sesgar argumentos ni soslayarlos, la digresión dispersaba la cuestión en distintas direcciones. Inesperados, esos esparcimientos discursivos devenían sustanciales, ampliando por di-versión más de una versión, un examen alegre y penetrante que disparaba la gracia -en varios sentidos- sin atenuar la precisión de su criterio ni la coherencia profunda que lo articulaba.
            Contemporáneo de los avances dictatoriales del siglo XX, escribió sobre el totalitarismo visto de cerca y de lejos; sobre el patriciado uruguayo, los viajeros ingleses, la valoración literaria a la luz de la comarca y del cosmos, la cultura latinoamericana y sus dilemas, los metas de la universidad, sus mitos, las teorías del poder, los orígenes de la nacionalidad, la política internacional, el ejército, los grandes pensadores de América. ¿Cómo pudo haber leído y escrito tanto? ¿Cuándo pudo abarcar tantos conocimientos?
            Esa obstinación por saber y analizar, por discutir y restituir nociones y ordenarlas en series fuera-de-serie, la inteligencia razonada y chispeante, la originalidad de sus ideas, formaron un acervo incomún. Aún hoy, tecnologías enciclopédicas mediante, sorprende la multiplicidad de sus saberes, de temas y problemas, las raras aristas de una escritura impar,  magnitudes que contrastan con la escasa popularidad que su genio y figura han alcanzado, esas vanas notoriedades de una gloria que tampoco hizo nada por consentir.



[1] Real de Azúa.  Anales. Instituto de Profesores “Artigas”. Op. cit.
[2] Real de Azúa. “El último libro de Zum Felde.  La Historia Literaria de América como compromiso”. MARCHA, n° 789, Montevideo, 11 de noviembre, 1955: 20-22, http://www.archivodeprensa.edu.uy/carlos_real_de_azua/textos/bibliografia/lahistoriadelensayo.pdf
[3] Me refiero a la noción que Jacques Rancière formula en L’Inconscient esthétique. Galilée, Paris, 2001.
[4] Carlos Real de Azúa. Capítulo II de “El Individuo y la serie”. Manuscrito inédito.





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