lunes, 19 de julio de 2010

Primer y único paso

Por Marco Fonz

Te habla un muchacho de sombra
desde los confines de la muerte diurna.
La vida, la vida:
Fruto herido que se come a solas.
Fruto-Tiempo
con la marca inconfundible
del polvo dorado de las alas del día.
Semejantes lunas respiran a la luz del sol
y los internos reconocen en su encierro su propia libertad.
Tantas cosas han pasado desde el último respiro
que ya le han salido canas a la paciencia y se le han caído dientes a la eternidad.
Masticamos chimuelos las risas
que vienen de atrás de un salón repleto de dudas.
¿Quién era el más inteligente, la más bonita, el tonto, el gordo, el pobre, el feo y el guapo? ¿Quién no existía para después decir: — Presente.
El más reciente jardín fue destruido ayer por botas invisibles.
Hemos visto con desesperación perruna que la música no salva a nadie.
Hemos mordido los dulces de la agonía en la condenada vida frente al muro.
Y sabemos que el muro no se está construyendo, simplemente,
porque ya estaba ahí cuando llegamos.
En qué pensaba cuando di un paso al frente y dije: —YO.
Así por más metafísica que exista en un chocolate no podré endulzar mi boca
con los profundos velos del cacao mental y sabio.
¿Cómo entonces retocar el accidente de las casualidades?
¿Cómo creerle al destino si nos llega cuando no estamos ahí?
De ese fruto que por semillas y mordido se presenta: —Hablo.
Así a lo lejos podría parecer un buen cachorro, pero así a lo lejos me muestra los dientes
y entonces hago de su ausencia mi adoración.
Alguna vez oí decir a la muerte: —Pasamos más tiempo muertos que vivos.

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