lunes, 9 de agosto de 2010

Pavese y los peces

Por Adán Medellín

Hay un cuento de Ricardo Piglia sobre un hombre que ha perdido a una joven y para escapar de ese recuerdo incesante decide irse a Italia a estudiar el Diario de Cesare Pavese. El relato se llama "El pez en el hielo" y su título proviene del fragmento de una carta que Pavese escribió a su hermana, hablando de sí mismo mediante esa imagen, días antes de matarse. Según el relato, este pez recuerda lo que sucede en los hipotéticos minutos de una película de Constante Dowling, en que el personaje que ella interpreta deja solo un pez en una ventana. Cuando ella entra de nuevo en la casa es asesinada y el pez se queda afuera, congelándose, pues nadie regresa por él.

La imagen atestigua el estado del amante tras la pérdida del ser amado (no en la armonía del nado, sino en la inmovilidad latente, con el frío del ambiente suspendiendo las funciones vitales) y permite una breve exploración a las grandes crisis del lenguaje que se dan en la obra de Pavese. Según el narrador de Piglia, Emilio Renzi, éstas coinciden con el tiempo en que el escritor italiano perdió a dos mujeres fundamentales de su vida. La primera es la “mujer de la voz ronca”, por la que Pavese vivió un tiempo confinado en prisión en un pueblo de las montañas, y que terminó por abandonarlo por otro hombre. La segunda es Constance (Connie), la actriz estadounidense de la que se enamoró perdidamente y que lo llevó, tras su rechazo, a suicidarse con somníferos.

Para Emilio Renzi (que también ha perdido a una mujer, Inés), preservar los vestigios de esta escritura del dolor y la separación, en vez de tirarlos o destruirlos, terminó por matar a Pavese. Si él hubiera quemado sus hojas, como Kafka lo hizo con una parte de sus relatos, quizá habría sobrevivido. Si la escritura fue salvación para muchos, en otros fue el empujón definitivo para abordar la barca de la muerte.
Esto deriva en una consideración. Sabemos que las historias de amor y abandono se repiten en las vidas de hombres y mujeres, pero eso no forzosamente las convierte en lenguajes comunes. No obstante múltiples ejemplos desastrosos, el tema constituye uno de los pre-textos universales de la creación artística. Para algunos, las crisis de lenguaje son crisis vitales, y la transformación de las palabras, los tonos, los enfoques y los personajes nacen no sólo de lecturas o búsquedas de estilo, sino de la vida como tal, en su estado absoluto.

La literatura, como otros avatares del arte, también aparece en medio de la tristeza, la incomprensión o el lamento desde la pérdida, la renuncia o el abandono, cuando no sabemos hablar, no podemos, las palabras están averiadas, hay demasiados sentimientos tirando o ahogando el lenguaje que conocemos. "No tenemos un lenguaje para los finales", dice un verso del argentino Roberto Juarroz. Y es cierto, pero en la acera de enfrente Günter Grass, el novelista alemán, parece contestarle: "La pérdida me hizo elocuente".

Ahí se pone a prueba la lengua vital contra el código establecido. Como sucede con la poesía de Zurita, invadida por los desiertos chilenos o los desaparecidos; los poemas de Celan, cortados y culpables de haber sobrevivido a sus propios padres durante los ataques a judíos en la Segunda Guerra Mundial; o con la prosa elegante y a la vez poética, desmesurada en fragmentos, del húngaro Hajnóczy, al narrar sus delirios alcohólicos. Y el lenguaje se rompe entonces rítmica y sintácticamente (Celan), se vuelve lapidario o profético (Zurita) o se llena de imágenes visionarias de experiencias personales en el límite (Hajnóczy).

Pérdida, lejanía, ausencia, que se vuelven motor de la escritura, incluso allí donde la vida ha empezado a congelarse y a dejarnos un poco olvidados, latentes, como la imagen del pez de Pavese, en ese grado cero de la vida. Cuando la pérdida nos alcanza, no es posible de primer momento saber dónde desembocaremos. ¿En un río, un mar, un charco secándose, en una pecera olvidada en invierno? Peces en el hielo, en distintas ocasiones de nuestra vida, a veces aunque no nademos, sólo nos queda flotar.

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