domingo, 11 de octubre de 2020

Incitación a buscar lo que falta

 Andrés Cisneros de la Cruz


Novela dibujada es la última obra que hizo Marco Fonz en Quito, Ecuador, al comenzar su última expedición hacia el sur de América. Más que pensarlo como poesía “experimental”, el experimento que realiza en esta incursión es más bien el de colocar la vida ante el espejo natural de la muerte, el umbral de la evolución: “desnudo: observando meticulosamente / por átomos movimiento continuo (…) con los pelos recién rasurado a lo Darwin, / para tener dos puertas como costillas (…) el brinco de una pulga al estanque de la evolución”, escribe al principio del libro. 

La honestidad desbordada del poeta nacido (luego de cada experimento), traza un tao caoticus, camino que se desliza entre la magia (brujo negro era) y el sadismo religioso que inflige un panóptico (en el cuál todos se funden en un ojo lleno de dientes, ya dicho es el principio) y que captura con una imagen satelital, esa novela fotográfica llamada Tierra. 

        El texto arranca desde “el árbol más viejo (…) aquel infame comienzo”, con su prospección de los andróginos perfectos y la mutación constante del sueño; ésta da pauta al siguiente capítulo, como salto cuántico. Posibilidades que se manifiestan en el poeta de doble dentadura, quien retrata las colisiones, al rey manco, a los pobladores de la tradición y el rito. A ellos, el poeta los coloca en una posición susceptible, para que puedan ser usados según convenga a la trasmutación en curso, ante el “jin-jan ignorante de los designios”; el desacierto. 
Leer este texto de Marco Fonz es replantear la lectura total de su obra. Su proyecto (sea acaso de los más ambiciosos de México) se planteó desde el comienzo como un ser-no-complaciente con el poeta, los poetas, ni con los lectores críticos o en los márgenes de lo “aceptado”. Un reto mayúsculo es generar una poética que no obedezca a un centro, incluso si éste es el “corazón poiético” de la propia creación. Desplazar la coordenada “original-siempre-desviada” desde donde se lanza el verso es también someterse a un constante desequilibrio, un endeble balance que se genera en la medida del continuo transcurrir; cuando éste se detiene de golpe, la inercia lo empujará a un cambio radical/rotundo: el latigazo. Laceración elemental del aire. Apertura florida del descubrimiento. 
A leer la Novela dibujada de Marco, no pude evitar recordar los novelemas de Enrique González Rojo Arthur. Ese tránsito. Filoso. Ese ir definiendo siempre lo que se desdice en el movimiento. Lo que era una envoltura para luego ser escoria. Suma de la basura de los residuos del mundo. Y el mundo es “un panteón de posibilidades” (las citas son por supuesto de Fonz). Aparecen así los vestigios ya declarados de una poética que ha dejado atrás el umbral del siglo XXI, junto con el infrarrealismo como diálogo tránsfuga de los alter egos; Fonz interviene el corpus versal con sus auctores /término de Ibargoyen/ con sus disidentes, con sus pozos de poesía nocturna, matinal desencanto la lluvia: “sus hilos más gruesos como el principio de la cola”. 
Por eso podemos ver también al poeta como un verdadero kamikaze. No sólo retórico, sino también en la praxis, en su cabalidad de volarle las entrañas a la poesía: al centro de la poesía; al imaginario ilusionista de la poesía latinoamericana; Al espacio confortable de "lo latinoamericano" (con lo que el poeta latinoamericano podría conformarse). En la poesía no hay confort. Y la bomba de un acto de muerte es también el sacrificio para marcar en el mapa de la novela del mundo, el sitio en donde debe reconstruirse la vida. (Desplazar siempre el centro, desplazarlo). No es casualidad que Marco Fonz se haya suicidado en Chile con la antología infrarrealista en el útero de la imprenta. “Un silencio como de catástrofe aguanta la respiración / y todo el mar se vierte tras el rey de una sola cuerda. / (Siempre hay quien no aplaude)”. 
Queda así claro que la utilización de Fonz de los tropos desarrollados por las múltiples vanguardias del siglo XX no son el fin, sino el medio para una crítica desmenuzada. Conviene leer con detenimiento el apasionado flujo de los versos de la obra fonziana. Habrá que hacer un recuento de su último viaje; habrá que poner en una vitrina rota sus libros para que se desborden y la gente los robe y corra con ellos entre las manos. Habrá que leer. Y luego experimentar en nosotros la vida. Porque ya lo dijo el poeta: “la última cortina por recorrer es nuestra propia carne”.



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