domingo, 26 de julio de 2015

El otro Rodolfo Walsh

por Adán Medellín  
               (México)

"La literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez", escribió en una nota biográfica Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927 - Buenos Aires, 1977), publicada en Ese hombre y otros papeles personales (Ediciones de la Flor, 2012), un compendio de materiales íntimos, proyectos de relatos, reflexiones narrativas y entrevistas. El cuentista y periodista argentino era un intelectual exigente y analítico, un excelente traductor y un magnífico narrador de policíacos, pero la frase adquiere más sentido cuando descubrimos que el relato interior de sus últimos años de vida es la tensión eterna entre la conciliación de su calidad de "artista" y su militancia política. 
Walsh es uno de los escritores argentinos más destacados de la segunda mitad del siglo XX y vivió una época de tempestades políticas bajo la dictadura argentina. Convencido, abrazó la causa revolucionaria armada interrumpiendo su privilegiada condición de escritor; pero nunca dejó de problematizarse por su elección. Muchas de las páginas personales de Walsh narran una anécdota casi kafkiana: son la historia de sus tentativas fallidas de escribir una novela, ese objeto literario que el argentino desdeña y lo obsesiona a la vez, ese texto aburguesado que nunca podrá realizar por su dedicación a distintas labores periodísticas y revolucionarias. 
     En sus anotaciones, uno lo ve debatirse entre la pobreza y las contingencias materiales a las que lo condena la fidelidad de sus convicciones. Con una lucidez avasallante, Walsh se desnuda evitando cualquier patetismo: el periodismo y la militancia le impiden la novela que tanto él como el sistema literario (al que desdeña secretamente porque es un apéndice del poder contra el que lucha) están esperando. A lo largo de Ese hombre y otros papeles personales, vemos a un Walsh en fuga, un hombre que se oculta tras la muerte de camaradas y enemigos. El narrador se pregunta si después de las huidas, las lecturas, su conocimiento del marxismo, su implicación en las organizaciones guerrilleras o su viaje a Cuba, aún podría escribir
    "La preocupación obsesiva de todo escritor es descubrir el idioma exacto de sus narraciones", dijo Walsh en otra entrevista de 1968. Leer sus papeles personales, a veces en inglés, a veces llenos de abreviaturas e iniciales que no siempre pueden traducirse, nos sumerge en una cuenta regresiva. La inminencia del desastre crece, pero también la sensación de que Walsh nunca renunció a eso que tanto le dolía y lo condenaba, pero a la vez le daba sentido innegable a su vida: aunque militante y padre, Rodolfo Walsh era ante todo un escritor, cuya gran pregunta al final de su vida era "para quién escribir". "No puedo o no quiero volver a escribir para un limitado público de críticos y snobs. Quiero volver a escribir ficción, pero una ficción que incorpore la experiencia política, y todas las otras experiencias. Para eso debo salir de un chaleco de fuerza", anotó en 1971. 
      El escritor argentino anheló alguna vez inventariar sus lugares, ideas, personas y experiencias de una forma "verídica y sincera", concibiendo que su vida individual estaba atravesada por un hilo conductor que le permitiría narrar "el proceso que ha pasado por mí la historia de cómo yo cambié y cambiaron los demás y cambió el país". 
     Aunque parece una máquina de precisión intelectual, cuando el argentino le abre al lector sus lugares más personales nos conmueve con textos tan dolorosos e íntimos como la carta en la que anuncia a sus amigos la muerte en combate de su hija Vicky, entregada como él a las maniobras armadas. Quien ha leído a Walsh sabe que en él hay un escritor rico en registros variados y con un amplio dominio de estrategias para contar, que se nutre del gusto por la propuesta estructural arriesgada, la metaliteratura, el enigma y el juego de inteligencia policíacos. Pero existe también un Walsh entrañable, nostálgico, poético y de escritura bíblica - faulkneriana que asombra en relatos como "Irlandeses detrás de un gato", que narra el ajuste de cuentas de unos chicos sobre uno de sus compañeros en un colegio católico, en un remanente de la infancia del narrador.
     Además de sus impresionantes trabajos periodísticos (como el escalofriante Operación Masacre, de 1957, emblema de la no - ficción), sus papeles personales tienen el mérito de dibujarlo no sólo como el personaje legendario en que se convirtió, sino como un ser real, sumergido en la cotidianidad del mundo. Quizá por ello la dimensión documental y literaria - impresionante para el admirador, el curioso o el aspirante a narrador - de Ese hombre y otros papeles personales, completa el molde humano que nos recuerda que los escritores no son seres alados ni siquiera en sus fidelidad políticas o sociales; sino tipos atravesados con preguntas, miedos, controversias y dolores, como cualquiera de los lectores que se abren camino en sus páginas.



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