martes, 29 de octubre de 2013

Ennui

Por Daniel Barrón
 

Je hais la passion et le esprit me fait mal!


Como muy pocos libros, La Folie Baudelaire de Roberto Calasso me hace sentir el entusiasmo de mis primeras lecturas, ando cargando mi libro como los niños cargan sus juguetes: de la sala a la cocina, de la habitación al cuarto de baño. A veces ni puedo leerlo, el teléfono, el perro, mi pareja y el Internet (esa nueva televisión siempre puesta en un programa de concurso llamado Twitter o Facebook) me distraen. Pero al menos me hizo recordar algo que ya tenía olvidado. Cuando era adolescente, me compré Las flores del mal en la librería El Parnaso, y me entusiasmó desde el primer momento, aunque admito que debido a su lado más efectista: la sangre, los vampiros, las putas… Y ahora me importa sobre todo por una suerte de melancolía que desprende, donde los cuerpos, su sangre y su carne, no son más que objetos perdidos y olvidados, y uno se encuentra justo en ese mundo de sombras rodeado de ausencias y sintiéndose cada vez más una de ellas, allí donde uno mismo se va… Un buen día mi libro desapareció. Era una edición de bolsillo de Alianza. En aquél momento, aún vivía en casa de mis padres, y supuse que lo había dejado en algún camión, en el cine, en la cafetería. No suelo perder libros, pero bueno, me dije, es algo que pasa. Varios años después, cuando ya no vivía con mis padres, volví su casa una tarde para comer y se me ocurrió abrir los cajones de mi madre para robarle (entonces era un adicto a cualquier cosa y encima un pobretón, incluso más que ahora) alguna pastilla, un diazepam, incuso una espasmo-civalgina, cualquier cosa que llevarme al estómago y sentir algo, lo que fuera, incluso náuseas. Y de pronto, allí estaba mi Baudelaire, oculto entre las blusas y los sostenes de mi madre, esas prendas que se desparraman entre mis dedos como si estuviera intentando levantar una cascada. Pensé que a Baudelaire le habría gustado, él que llamaba a su madre por su nombre de pila, “Caroline”, y la trataba como una amiga con la que uno ya ha tenido sexo. Mi madre, una mujer de infinita gazmoñería terminó acunando entre sus ropas Las flores del mal, como se tratara de una vergüenza propia. Tomé el libro y un diazepam que me tragué con la comida que me ofreció, y luego me fui.

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